Adiós, amiga
Cuando estudié periodismo lo hice porque pensé que le ayudaría a la gente. Es duro no poder ayudar a las personas que quieres. Adiós, amiga, porque tu recuerdo aún vive en nosotras.

Conocí a Melissa cuando tenía 10 años. Era trigueña, muy bajita, tenía las cejas súperpobladas y viajaba todos los días de un pueblo vecino para asistir al colegio. Ahí la conocí, en el colegio, cuando nos creíamos “grandes” por empezar el bachillerato.
Melissa tenía un nombre compuesto, pero no le gustaba, así que lo omitiré. Tampoco le gustaba la clase de Matemáticas y menos la de Inglés, y estoy segura de que hubiera hecho cualquier cosa para no tener que “recuperar” esas materias. Recuerdo una vez que salió a bailar en la mitad del colegio, en pleno acto cívico, para ganar notas extra en esas indeseables. Los números son exactos, debía hacerlo, pero era penosísima. Lo hizo, le costó muchas risas y un par de videos cómicos, pero lo hizo.
Aún recuerdo algunas clases con ella, cómo socializábamos las respuestas en los exámenes -una forma bonita de decir que “metíamos machete”-, los trabajos que hicimos juntas, las grabaciones de películas amateur para la materia de Español, los quinceañeros y los partidos de voleibol. Aún recuerdo quienes éramos contigo y cómo eras con nosotras, tus amigas.
Pero algo que me genera un vacío en el estómago y varias preguntas existenciales, de esas cuando piensas que la muerte es inevitable para todos, es pensar en tu voz. No recuerdo tu voz. A veces, me esfuerzo por hacerlo, pero no doy con el tono, no doy con el ritmo, no doy con el acento. Odio no recordar tu voz. Así como odio no recordar bien tus gestos y eso que hacías siempre con el cabello. Ya no lo recuerdo. Odio que nunca más volveré a verte o a escucharte, más allá de las pocas fotos y videos que conservo. Odio que ya no estés aquí. Odio que ya nunca más estaremos juntas.
Odio que ese día de noviembre ibas a salir con las “pelas”, como cariñosamente le decimos a nuestras amigas, pero nunca llegaste. Odio que hay múltiples historias sobre lo sucedido. Odio ver los videos de ese día y ver a tu padre iracundo y consternado y a tu madre demasiado conmocionada como para procesar su dolor. Odio ver el dolor de tu madre. Tu madre aún publica en redes sociales pidiendo justicia por ti, recibe likes, comentarios de apoyo. Odio que nadie haga algo de verdad.
¿La justicia? De eso hablaremos después. ¿Lo que te pasó? Presuntamente, porque como no hay sentencias concluyentes toca decir “presuntamente”, fuiste asesinada. Presuntamente un feminicida te arrebató el último suspiro a tus 23 años. Presuntamente quisieron hacer pasar tu homicidio como un suicidio. Presuntamente limpiaron la escena, “manipularon” tu cuerpo y se inventaron una coartada. ¿El presunto feminicida? Libre.
Odio pensar en lo que pudo haber sido. Tenías una familia que te amaba, amigas que te adoraban y una larga vida por delante. Eras abogada. Odio pensar en los presuntos, odio pensar en la libertad de los injustos. Odio haberte olvidado. Odio que ya no estés.
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